Verónica se inclinó despacio hacia el pequeño, quedando a su misma altura. Al tenerlo tan cerca, el corazón le dio un vuelco violento. ¡Era él! No tenía ninguna duda. Verónica había pasado noches enteras memorizando cada detalle de la foto de su hijo, y ahora, al ver esos hermosos ojos color miel en persona, reconoció a Santiago de inmediato. Era su niño, el hijo que le habían robado hacía cuatro años. Sintió un nudo enorme en la garganta y la emoción la desbordó. El pequeño la miraba fijamente, muy quietecito, y con mucha ternura estiró su manita para tocarle el rostro. Al sentir los dedos de su hijo en sus mejillas, Verónica no pudo contener las lágrimas y comenzó a llorar, sintiendo una mezcla de dolor y felicidad absoluta. En ese momento, Gabriela llegó corriendo, asustada porque el niño se había alejado un poco. Al ver a una mujer extraña llorando y tocando al pequeño, se detuvo de golpe, muy confundida. —¿Se encuentra bien? ¿Qué está haciendo con mi hijo? —le preguntó Gabr
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