Mientras Verónica respiraba el aire de la libertad en Miami, muy lejos de allí, en Nueva York, las cosas también estaban cambiando. Rodrigo de la O se había cansado del ruido de la ciudad y quería proteger su gran secreto. Por eso, decidió mudar a su familia a una mansión gigantesca a las afueras de Nueva York. El lugar tenía un jardín enorme con árboles altos y muchos guardias de seguridad. Rodrigo decía que quería un espacio grande para que su hijo jugara, pero en realidad solo quería mantener a todos ocultos y bajo su control. En medio del jardín, un niño pequeño de cuatro años corría detrás de una pelota de colores. El pequeño Santiago se reía a carcajadas, sin saber nada de las mentiras que rodeaban su nacimiento. Tenía las mejillas rosadas y el cabello castaño. Detrás de él caminaba Margaret, la niñera. Rodrigo de la O le pagaba mucho dinero a esa mujer para asegurarse de que cuidara al niño y, sobre todo, de que se quedara callada. Desde la terraza de la casa, sentada en un
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