Capitulo 16: Nunca, Te Acercaras A Mi Hijo.

El desastre de la cena seguía tirado en el suelo del comedor, pero a Rodrigo no le importaba. Caminaba de un lado a otro en su enorme oficina privada dentro de la mansión, con el teléfono pegado a la oreja. La rabia no se le había pasado; al contrario, se había transformado en una fría obsesión. No podía permitir que una mujer que él mismo había metido a la cárcel destruyera su vida perfecta.

Esa misma noche, Rodrigo comenzó a mover todas sus influencias. Llamó a jefes de policía, a jueces amigos suyos en Miami y a los contactos más poderosos que tenía en el gobierno. Exigía respuestas. Quería saber exactamente qué había pasado con Verónica, cómo era posible que hubiera salido libre y, sobre todo, quién era ese tal Mauricio Strikler que se había atrevido a meterse en sus asuntos.

—No me importa qué hora sea ni que sea un juez federal —gritaba Rodrigo por el teléfono a uno de sus contactos en Florida—. Quiero el expediente completo de la liberación de Verónica Alcázar en mi correo ahora mismo. ¡Muévete!

Pasaron un par de horas de llamadas tensas y gritos. Pasada la medianoche, la computadora de Rodrigo sonó, avisando que había llegado un correo electrónico con archivos adjuntos. Rodrigo se sentó de golpe en su sillón de piel y abrió los documentos con desesperación.

Lo primero que apareció en la pantalla fue el perfil de Mauricio Strikler. Rodrigo entrecerró los ojos mientras leía los datos del hombre que lo había desafiado.

—Mauricio Strikler... treinta y dos años —leyó Rodrigo en voz baja, con desprecio—. Dueño de Strikler & Asociados. Graduado de Harvard.

Mientras seguía leyendo, Rodrigo descubrió algo que lo hizo apretar los dientes con fuerza. Mauricio no era un abogado cualquiera que había tomado el caso por casualidad. El bufete de Strikler había estado investigando a la corporación De la O desde hacía meses. Además, el documento mencionaba que la familia de Mauricio venía desde abajo y que odiaban los abusos de las grandes empresas. Rodrigo recordó entonces un viejo negocio de terrenos en Nueva York, donde él mismo había quebrado a un empresario independiente que resultó ser un amigo muy cercano del padre de Mauricio.

—Así que esto es una venganza personal —siseó Rodrigo, golpeando el escritorio con el puño—. Usaste a mi ex mujer para darme un golpe, infeliz.

Luego, Rodrigo abrió el archivo que explicaba la salida de Verónica. Cuando leyó que la fianza y la liberación condicional se debían a un error con la dirección IP y las fechas del parto, Rodrigo se puso pálido de la pura rabia. Sus propios empleados en Miami habían cometido un error técnico al falsificar las pruebas informáticas. Mauricio Strikler lo había descubierto todo y había presentado la evidencia médica del nacimiento del niño ante un juez federal para demostrar que Verónica no estaba frente a una computadora ese día.

Rodrigo cerró la computadora de un golpe y se levantó de la silla. Se acercó al gran ventanal de su oficina que daba hacia la entrada de la mansión. Afuera, la noche estaba completamente oscura.

—Estás libre, Verónica —pensó Rodrigo, con una sonrisa malvada y fría en el rostro—. Crees que porque tienes a un abogado de tu lado vas a poder ganarme. Pero estás muy equivocada, nunca voy a permitir que te acerques a mi hijo, y mucho menos que destruyas mi imperio ¡Maldita zorra!.

Rodrigo sabía que el verdadero peligro no era que Verónica limpiara su nombre en Miami. Lo que realmente le preocupaba era que ella decidiera viajar a Nueva York para buscar a Santiago. Si Verónica hablaba con la prensa o se acercaba a su casa, todo el imperio De la O se vendría abajo. La alta sociedad neoyorquina no perdonaría un escándalo de secuestro y farsa de esa magnitud.

Agarró su teléfono una vez más y marcó el número de su jefe de seguridad privada.

—Escúchame bien —dijo Rodrigo con una voz gélida—. Duplica la seguridad en la mansión a partir de mañana. Nadie entra ni sale sin mi autorización. Y quiero que mandes a tres de tus mejores hombres a Miami. Quiero que vigilen los aeropuertos y el bufete de Mauricio Strikler. Si Verónica Alcázar intenta poner un pie en Nueva York, quiero saberlo antes de que compre el boleto de avión. Esta vez no voy a tener piedad.

Rodrigo colgó el teléfono y miró su reflejo en el vidrio. La guerra por el secreto de su hijo acababa de comenzar, y él estaba dispuesto a usar todo su dinero y su poder para volver a enterrar a Verónica, costara lo que costara.

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