Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a iluminar la mansión a las afueras de Nueva York. Gabriela bajaba las escaleras hacia el comedor con pasos lentos. Todavía sentía el cuerpo tenso por la escena violenta de la noche anterior. Sin embargo, al mirar a través de los grandes ventanales que daban al jardín, se detuvo en seco.
La seguridad de la mansión se había duplicado. Había hombres vestidos de traje negro y con aparatos de comunicación en el oído patrullando cada esquina de la propiedad, y dos camionetas blindadas cuidaban la entrada principal. Parecía que la casa estaba bajo estado de sitio. Asustada, Gabriela sacó su teléfono y marcó de inmediato el número de su esposo. Rodrigo se había ido muy temprano para la oficina, como siempre hacía cuando quería evitar dar explicaciones. —¿Rodrigo? —dijo Gabriela en cuanto él contestó—. Voy bajando al comedor y veo el jardín lleno de guardias. ¿Por qué hay tanta seguridad hoy? ¿Qué está pasando? Al otro lado de la línea, la voz de Rodrigo de la O sonó cortante y llena de fastidio. Se escuchaba el ruido de los papeles en su escritorio. —No me molestes con tonterías, Gabriela. Tengo asuntos muy importantes que atender en la empresa como para perder el tiempo contigo —respondió él de mala gana—. La seguridad está ahí porque yo lo ordené y punto. Quédate en la casa y no salgas hoy. Antes de que Gabriela pudiera replicar, Rodrigo le colgó el teléfono. Ella bajó el celular, sintiendo un frío terrible en el estómago. Sabía perfectamente que Rodrigo estaba alterado por la salida de la cárcel de Verónica, pero quien era ella realmente, para Gabriela, Verónica era solo la mujer a quien Rodrigo le robo su hijo, pero no se imaginaba que Verónica había sido la otra mujer de su esposo. Al mismo tiempo, en el apartamento de South Beach, en Miami, el ambiente era completamente diferente. Verónica ya estaba despierta, sentada en la barra de la cocina con una taza de café entre las manos. Se sentía tranquila, pero la ansiedad por saber de su hijo no la había dejado dormir bien. De pronto, la puerta se abrió y Mauricio entró al apartamento. El atractivo abogado traía una sonrisa ligera en el rostro y una bolsa de cuero en la mano. Se veía que no había descansado mucho, pero sus ojos verdes brillaban con entusiasmo al ver a Verónica. —Buenos días —dijo Mauricio con su voz varonil y suave—. Te prometí que no te dejaría a ciegas, ¿recuerdas? Mi equipo trabajó toda la noche. Mauricio se acercó a la barra, abrió la bolsa y sacó una revista de alta sociedad de Nueva York de hacía apenas unos meses. La puso con cuidado frente a ella. A Verónica se le cortó la respiración. Con las manos temblorosas, tomó la revista. En la portada aparecía una foto familiar de Rodrigo de la O y Gabriela en un evento benéfico, pero Verónica ni siquiera los miró a ellos. Sus ojos color miel se clavaron de inmediato en el niño pequeño que Rodrigo sostenía de la mano. En el pie de página de la foto se leía claramente: “El gran empresario Rodrigo de la O junto a su esposa y su pequeño hijo, Santiago de la O”. —Santiago... —susurró Verónica. El nombre de su hijo por fin tenía sonido en sus labios. Al ver la imagen, los sentimientos la traicionaron por completo. La coraza de mujer fuerte que tanto intentaba mantener se derrumbó. Verónica comenzó a llorar de pura emoción, dejando que las lágrimas cayeran sobre la página de papel brillante. Acarició con la punta de los dedos la carita del niño en la foto. Tenía sus mismos ojos expresivos y una sonrisa que le derritió el alma. Era hermoso, estaba grande y se veía sano. El dolor de cuatro años de separación y la felicidad de por fin conocer el rostro de su bebé se mezclaron en su pecho, haciéndola sollozar con fuerza. Mauricio se conmovió profundamente al verla así. No lo pensó dos veces; dio un paso hacia ella y, con mucha suavidad, la rodeó con sus brazos, pegando la cabeza de Verónica a su pecho. Verónica no se alejó. Al contrario, se aferró a la camisa de Mauricio, buscando consuelo en su abrazo. —Ya lo conoces, Verónica —le susurró Mauricio al oído, acariciándole el cabello con ternura—. Ese es tu hijo. Santiago. Y te prometo por mi vida que muy pronto vas a estar con él. Verónica asintió contra su pecho, apretando la revista contra ella. La confianza hacia Mauricio acababa de sellarse por completo en ese abrazo. Ya no estaba sola; tenía un nombre, tenía una foto y tenía al aliado perfecto para empezar la batalla. Pero las lágrimas la ahogaban, el corazón se le quería salir del pecho, era su hijo, su bebé, el que llevó en su vientre nueve meses, el que espero con tanta ilusión, verlo solo en una fotografía la hacía doler el corazón de una manera que jamás imagino.






