Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de que el llanto se calmó y Verónica pudo guardar la foto de Santiago cerca de su corazón, el ambiente en el apartamento se volvió más cálido. Para agradecerle el enorme detalle de la revista, Verónica insistió en preparar el desayuno. Mauricio aceptó encantado y se sentó en la barra a observarla. Con los ingredientes sencillos que había en el refrigerador, ella preparó unos huevos revueltos, pan tostado y café fresco. Para Verónica, cocinar en una sartén real y no comer en una bandeja de plástico era otro paso hacia su libertad; para Mauricio, verla moverse con tanta naturalidad por el lugar fue un deleite que avivó aún más lo que estaba empezando a sentir por ella.
Desayunaron entre risas ligeras y pláticas tranquilas. La complicidad crecía a pasos agigantados. Al terminar, Mauricio dejó su taza sobre la barra y miró a Verónica con seriedad profesional, aunque sus ojos verdes mantenían esa suavidad que solo tenía con ella. —Bueno, Verónica. Ya diste el primer paso y ya conoces el rostro de Santiago —dijo Mauricio con voz clara—. Ahora tenemos que empezar con el plan para Nueva York. Rodrigo de la O ya sabe que estás libre y seguramente tiene espías vigilando mis oficinas en Miami. Para poder entrar a su mundo sin que nadie te reconozca, necesitas lucir completamente diferente. Te propongo un cambio de look total. Verónica se quedó en silencio y bajó la mirada hacia su ropa. Llevaba puestos los jeans sencillos y la blusa blanca que él le había regalado. Su trenza castaña estaba un poco despeinada y no tenía ni un toque de maquillaje. Al escuchar la propuesta de Mauricio, una oleada de pena la invadió. Se acomodó el cabello detrás de la oreja, sintiéndose un poco incómoda. —Aprecio mucho tu idea, Mauricio, de verdad —susurró Verónica, mirándolo apenada—. Pero... yo no tengo dinero para eso. Salí de la cárcel con las manos vacías. No tengo cuentas bancarias, no tengo tarjetas, no tengo nada. No puedo permitir que tú sigues pagando cada pequeña cosa de mi vida. Ya es suficiente con la fianza y este apartamento. Mauricio soltó una pequeña risa varonil y negó con la cabeza de inmediato. —¿Quién dijo que yo voy a pagar por tu cambio de look? —preguntó él con tono misterioso y divertido. Verónica lo miró confundida, arqueando una ceja. —¿Entonces? No entiendo. Mauricio metió la mano en el interior de su saco de traje gris y sacó un sobre de papel manila bastante grueso. Lo puso sobre la barra de madera y lo empujó suavemente hacia ella. —Toma. Abre eso —le indicó con una sonrisa de orgullo. Con un poco de desconfianza, Verónica tomó el sobre. Al abrirlo, abrió los ojos de par en par por la sorpresa. Adentro había fajos de billetes de dólares perfectamente acomodados, junto con un estado de cuenta bancario a su nombre. Era una cantidad de dinero bastante considerable, suficiente para comprar un guardarropa de lujo y mucho más. —¿Qué es esto, Mauricio? ¿De dónde salió este dinero? —preguntó Verónica, con el corazón latiéndole aprisa, temiendo que fuera otra trampa. —Ese es tu dinero, Verónica —explicó Mauricio, inclinándose un poco hacia adelante para transmitirle seguridad—. Es la paga de tus cuatro años de trabajo en la cárcel de Miami. Verónica lo miró sin poder creerlo. Recordó las largas e interminables tardes en el taller de la prisión, donde para no volverse loca pensando en su bebé, se dedicaba a tejer bolsos, tallar madera y hacer artesanías con sus manos. Era su único refugio contra la depresión. —Durante el tiempo que estuviste encerrada, hiciste muchas artesanías de alta calidad —continuó Mauricio con voz suave—. Lo que tú no sabías es que la prisión vende esos productos a fundaciones y tiendas de arte afuera. Tus piezas se vendieron muy bien en Miami y Nueva York por su originalidad. El dinero se iba acumulando mes a mes en una cuenta de ahorros obligatoria del Estado. El problema es que tus antiguos abogados de oficio nunca se tomaron la molestia de decírtelo, ni de revisar tus finanzas. Para ellos eras solo un número más, pero mi equipo legal auditó todo tu expediente y exigió que te entregaran cada centavo hoy por la mañana. A Verónica se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez, pero esta vez eran de orgullo y alivio. Miró sus propias manos, las mismas manos que habían trabajado duro entre los barrotes. Ese dinero no venía de Rodrigo de la O, no era un regalo de nadie y no estaba manchado de mentiras. Era el fruto de su propio esfuerzo y de su dolor. —O sea que... ¿esto es mío? ¿Nadie me lo puede quitar? —preguntó con la voz entrecortada. —Es cien por ciento tuyo —afirmó Mauricio, extendiendo su mano para darle un ligero apretón en los dedos—. Es el pago por tu resistencia. Ahora tienes los recursos para empezar de nuevo. Así que borra esa cara de pena, guarda tu dinero y prepárate. Hoy vamos a ir a las mejores boutiques de Miami. Vas a comprar vestidos elegantes, zapatos, y cambiaremos ese cabello. Verónica miró el sobre y luego miró a Mauricio. La gratitud que sentía por este hombre ya no cabía en su pecho. Él no solo la había sacado de la cárcel, sino que le estaba devolviendo su dignidad, su identidad y el valor de su propio trabajo. Paso a paso, Mauricio estaba curando las heridas que el monstruo de Nueva York le había dejado. —Está bien —dijo Verónica, secándose una lágrima rebelde y sonriendo con una fuerza renovada—. Hagámoslo. Quiero cambiar. Quiero que cuando Rodrigo de la O vuelva a ver mi rostro, no reconozca a la mujer que destruyó, sino a la mujer que lo va a quebrar. Mauricio se puso de pie, acomodándose el traje, con sus ojos verdes brillando de admiración. Al verla tan decidida y con ese fuego en la mirada, supo que Verónica ya estaba lista para dejar atrás el pasado. La transformación de Verónica Alcázar acababa de comenzar.






