Alan sintió que el corazón se le oprimía con una fuerza brutal, casi física, al escuchar la trágica y desesperada resolución de Bianca. Verla allí, tan pequeña, desamparada y temblorosa sobre la fría camilla del hospital, considerando seriamente renunciar a esa vida para escapar del laberinto sin salida en el que Alessandro la había acorralado, despertó en él un instinto de protección y un dolor tan agudo que ya no pudo contenerlo detrás de su habitual máscara de profesionalismo. —No, Bianca... Por favor, te lo suplico, no digas eso —le pidió Alan, apretando sus manos heladas con una firmeza desesperada, intentando infundirle a través de su piel un poco de la calidez y la cordura que a ella le faltaban en ese momento—. Tienes que respirar, calmarte y pensarlo con la cabeza fría. Sé perfectamente que tienes un miedo horrible, que sientes que el mundo se te viene encima y que todo parece una boca de lobo ahora mismo, pero no puedes tomar una decisión tan radical y definitiva estando e
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