El impacto del cuerpo de Bianca contra el suelo fue amortiguado por los reflejos desesperados de Alan, quien logró sostenerla antes de que su cabeza golpeara el piso del pasillo. El pánico, una emoción completamente ajena al secretario, le inundó el pecho de golpe al verla con los ojos cerrados, la respiración débil y los labios desprovistos de cualquier rastro de color.
—¡Bianca! ¡Bianca, responde! —la llamó Alan, dándole unos ligeros golpes en las mejillas, pero ella no reaccionó.
Sin pens