La mudanza al departamento de Lola no tuvo grandes camiones ni cajas de cartón ordenadas; se redujo a un par de maletas mal cerradas y una bolsa de lona que Bianca cargaba como si pesara una tonelada. Al salir de la vieja casa, su padre, arrastrando los pies y con los ojos turbios por el remordimiento y el alcohol de la noche anterior, se aferró al marco de la puerta, suplicándole con la voz rota que no lo dejara solo, que no se fuera. Bianca se detuvo en el patio de tierra, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta, pero no dio marcha atrás. —Ya no puedo, papá —dijo con una calma triste, sin mirarlo—. Ahora te toca aprender a vivir sin mí. Yo ya di todo lo que tenía para salvarte. Lola la tomó del brazo con firmeza, cortando el drama familiar, y la guió hacia la calle. Durante todo el trayecto en el autobús, Lola se encargó de hablarle de cualquier tontería, distrayéndola para evitar que Bianca se hundiera en la culpa por haber dejado a su padre en esa casa en ruinas. Le record
Leer más