La silueta que avanzaba a paso firme bajo la luz tenue del pasillo no era la del magnate, sino la de su hombre de confianza. Era Alan, quien casualmente caminaba por los pisos inferiores tras una larga jornada y, al divisar a lo lejos el revuelo y la inconfundible figura de Bianca con el uniforme azul, había decidido acercarse a confirmar lo que sus ojos se negaban a creer.
—¿Qué demonios significa esto? —repitió Alan, clavando una mirada afilada sobre Fabián. Su sola presencia, impecable y