Alan sintió que el corazón se le oprimía con una fuerza brutal, casi física, al escuchar la trágica y desesperada resolución de Bianca. Verla allí, tan pequeña, desamparada y temblorosa sobre la fría camilla del hospital, considerando seriamente renunciar a esa vida para escapar del laberinto sin salida en el que Alessandro la había acorralado, despertó en él un instinto de protección y un dolor tan agudo que ya no pudo contenerlo detrás de su habitual máscara de profesionalismo.
—No, Bianca.