La mañana entró por la pequeña ventana del departamento con una luz gris y fría que no trajo ningún consuelo. Bianca apenas había podido pegar el ojo un par de horas; el peso de la caja rectangular sobre la mesa del comedor había actuado como un imán para sus peores temores durante toda la madrugada.
Al levantarse, Lola ya la esperaba de pie junto a la puerta, con la chaqueta puesta y las llaves en la mano. Su rostro reflejaba una seriedad absoluta.
—Una sola prueba no es suficiente, Bianca