El presente regresó de golpe, ruidoso y violento, al despacho destrozado de la alta gerencia. Alessandro se erguía en mitad de la oficina como un titán enfurecido, con el pecho subiendo y bajando de forma errática y los nudillos cubiertos con la sangre de Fabián. En el suelo, arrastrándose como una sabandija y dejando un rastro rojo sobre la alfombra de lujo, el conserje sollozaba desfigurado por el terror y el dolor físico. —Estás despedido —sentenció Alessandro, con una voz tan gélida y cortante que pareció congelar el aire—. Si vuelves a pisar la empresa, o si te atreves a acercarte a diez cuadras de este edificio, no necesitaré llamar a la policía para hacerte desaparecer de la ciudad. Lárgate. —Señor... señor Riva, por favor... —rogó Fabián, con las manos temblorosas unidas en un ruego desesperado, mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre de su nariz rota—. Le pido perdón, no sabía... no sabía que ella era algo de usted. Por favor, no me eche, necesito el empleo... ¡pe
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