Escondida debajo del pesado escritorio de madera, con las rodillas pegadas al pecho y las manos presionadas contra su boca para no emitir el más mínimo sonido, observaba a través de la rendija de la silla ejecutiva cómo la silueta de Emma se recortaba bajo la luz tenue del pasillo.
Los pasos de Emma eran lentos, extrañamente pausados para el ritmo frenético que siempre la caracterizaba. Se iba acercando centímetro a centímetro al escritorio. Bianca cerró los ojos, conteniendo la respiración, s