La tormenta que se había estado cocinando entre las paredes agrietadas de la casa finalmente explotó una noche de viernes, cuando el aire se sentía tan espeso que costaba respirar. El olor a aguardiente barato era más fuerte que nunca, inundando la pequeña sala donde el padre de Bianca permanecía arrastrando las palabras, con la mirada perdida y una nueva botella a medio vaciar entre las manos temblorosas.
Bianca, que llevaba todo el día con el estómago vacío y los nervios destrozados tras