La mudanza al departamento de Lola no tuvo grandes camiones ni cajas de cartón ordenadas; se redujo a un par de maletas mal cerradas y una bolsa de lona que Bianca cargaba como si pesara una tonelada. Al salir de la vieja casa, su padre, arrastrando los pies y con los ojos turbios por el remordimiento y el alcohol de la noche anterior, se aferró al marco de la puerta, suplicándole con la voz rota que no lo dejara solo, que no se fuera.
Bianca se detuvo en el patio de tierra, sintiendo un nudo