Los días pasaron con una lentitud tortuosa, gris y asfixiante desde la fatídica mañana en que Bianca se había marchado de la mansión, dejando tras de sí un rastro de promesas rotas. Desde ese momento, el imponente imperio corporativo de los Riva se había quedado completamente acéfalo, sumido en una parálisis preocupante; Alessandro no había vuelto a pisar la oficina ni una sola vez, desatendiendo de manera absoluta las llamadas telefónicas urgentes, las firmas de contratos millonarios y las ju