En el pequeño y modesto departamento de Lola, el rugido ensordecedor de la calle y el caos del suburbio se sentían como un rumor lejano, casi irreal. Lola se movió en silencio por la cocina y le sirvió una taza de té caliente a Bianca, cuyas manos no paraban de temblar, chocando la porcelana contra el platillo en un tintineo que delataba el colapso de sus nervios. La envolvió con cuidado en una manta de lana un poco desgastada pero que olía a limpio, a un hogar de verdad.
Con la voz entrecortad