El viaje de regreso a los suburbios marginales fue el trayecto más largo, lúgubre y tortuoso de toda su vida. Con las maletas mal cerradas, las cremalleras a punto de reventar por la ropa metida a la fuerza y la dignidad hecha jirones, Bianca caminó por las calles agrietadas, sucias y mal iluminadas que alguna vez, en un arranque de ilusoria esperanza, creyó haber dejado atrás para siempre. Cada paso que daba sobre el asfalto frío la alejaba del lujo, del aroma a madera de la mansión Riva y, sobre todo, de los ojos grises de Alessandro. Cuando finalmente se detuvo frente a la humilde casa de su infancia, sintió que el aire se le congelaba por completo en los pulmones, negándole el derecho a respirar. Empujó la puerta de madera desgastada, que crujió con un lamento chirriante en la penumbra de la entrada. Al cruzar el umbral, la realidad la golpeó de frente, implacable, brutal y sin anestesia. —¿Bianca?... ¿Eres tú, mi niña? —una voz ronca, debilitada y pastosa rompió el silencio de
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