El intento de vender la alta costura en el corazón del suburbio se transformó rápidamente en un circo humillante. Lola había corrido la voz entre las vecinas más cotillas del barrio, y en un par de horas, la pequeña sala del departamento estaba inundada de mujeres tacañas que revisaban los vestidos de diseñador con manos ásperas, desconfiadas y criticonas.
—Ay, no sé, Bianca... Este hilo se ve deshilachado aquí abajo. Te doy diez dólares por él —comentó doña Marta, sosteniendo una blusa de se