El silencio se había instalado en la mansión Montenegro como un huésped no invitado. Desde aquella noche en la biblioteca, Gabriel apenas dormía. Elena, por su parte, caminaba por los pasillos con una calma casi cruel, como si cada paso suyo estuviera medido para recordarle que ella mandaba ahora. No habían vuelto a discutir, pero cada mirada, cada gesto, era un campo de batalla invisible. Esa mañana, la tensión se podía sentir hasta en los empleados. El desayuno estaba servido en el comedor principal, pero ninguno de los dos se había atrevido a sentarse primero. Elena entró con el cabello recogido en un moño impecable y un vestido negro de manga larga que delineaba su figura sin esfuerzo. Gabriel ya estaba ahí, con la camisa desabrochada en el cuello, los ojos oscuros, la barba marcada por noches en vela. Ella se sirvió café. Él, whisky. —Son las ocho de la mañana —dijo Elena, sin mirarlo. —Y llevo despierto desde las tres —respondió Gabriel, con el mismo tono cortante. S
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