La noche posterior a la fiesta, y al beso de Elena a su amante, no terminó realmente cuando los invitados se marcharon. Continuó, pesada, espesa, como un humo que se quedó adherido a cada persona involucrada. Para Gabriel Montenegro, esa noche se transformó en una pesadilla silenciosa que él mismo había alimentado con sus decisiones. Volvió a casa recién al amanecer. El cielo estaba gris, una llovizna leve humedecía el aire, y las calles tenían ese silencio opaco de un domingo que nadie quiere enfrentar. Gabriel estacionó frente al edificio con un nudo en la garganta. Apagó el motor, pero no abrió la puerta. Se quedó ahí, quieto, aferrado al volante como si eso pudiera detener el tiempo y evitarle enfrentar lo que había hecho. Lara dormía cuando él se levantó de su cama tres horas antes. Dormía tranquila, tibia, como si nada de lo que había sucedido tuviera consecuencias, pero para él… para él sí las tenía, y eran enormes. Había cometido la peor estupidez posible. Había vuelto a c
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