Ruda estaba sentado en el borde de la fuente del jardín, aparentemente distraído con un camión de juguete. Sin embargo, en su mano derecha apretaba el pequeño receptor que Adalmo le había configurado esa misma mañana. Los sensores perimetrales habían detectado una vibración inusual cerca de la valla norte: no era un enemigo armado, sino un infiltrado solitario, un rastreador enviado para probar las defensas del "gigante". Desde el centro de mando, Adalmo observaba la pantalla. —El objetivo está a diez metros de tu posición, chico. No uses la fuerza, usa el sistema —susurró Adalmo por el auricular de Ruda. ••La Trampa de Ruda•• El intruso, un hombre delgado que se movía como una sombra, saltó la valla convencido de que el jardín estaba despejado. No vio al niño hasta que fue demasiado tarde. Ruda no corrió. Con una calma impropia de su edad, presionó un botón en su dispositivo. De inmediato, los aspersores inteligentes, modificados por Adalmo, se activaron con una presión hid
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