54. La caída en voz alta.
La mañana empieza con una claridad incómoda, como si todo lo que ayer parecía intenso ahora hubiera tomado una forma más rígida, más visible, y el edificio entero respira con una tensión que se percibe en los pasillos, en las miradas que se sostienen un segundo de más, en los murmullos que se apagan cuando paso cerca.Entro temprano, con la intención firme de ordenar cada detalle, de revisar cada documento, de encontrar algo que sostenga mi versión antes de que alguien más imponga la suya, y sin embargo, desde el primer minuto siento que llego tarde a algo que ya empezó sin mí.Mi computadora está encendida, no recuerdo haberla dejado así. La pantalla muestra un archivo abierto.Mi nombre figura en la esquina superior. Me acerco. El pulso se acelera apenas. Leo, cada línea pesa más que la anterior, porque el contenido no solo expone accesos, movimientos internos, modificaciones en documentos sensibles, sino que los vincula directamente conmigo, con mi usuario, con mis claves, con una
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