45. Donde empieza a doler distinto.
La noche cae sobre la ciudad con una claridad que contrasta con todo lo que se mueve dentro de mí, porque después del mensaje anónimo, de la reunión, de las miradas que pesan más de lo que dicen, lo único que logra ordenar el ruido es la presencia de Adrián a mi lado, firme, atento, con esa forma de ocupar el espacio que transforma cada instante en algo más concreto, más real, como si su cercanía marcara un punto fijo dentro de un terreno que cambia sin aviso.No recuerdo en qué momento decidimos salir juntos del edificio, ni en qué instante el recorrido hasta su departamento dejó de ser una decisión racional para convertirse en una necesidad que ninguno de los dos cuestiona, porque el silencio que compartimos en el camino no pesa, al contrario, se sostiene como una forma de entendernos sin explicaciones largas, sin rodeos, con una intensidad que no necesita justificarse.Cuando la puerta se cierra detrás de nosotros, el ambiente cambia de inmediato, no por el lugar en sí, sino por la
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