Annie se lanzó a ese abrazo. Apretó los ojos con fuerza, enterrando el rostro en el hombro de su madre por un segundo más de lo habitual, aspirando su aroma, grabando a fuego en su memoria la calidez de ese contacto. Quería gritar. Quería decirle la verdad, advertirle de los monstruos que la acechaban, pero se tragó el nudo de su garganta y forzó la mejor sonrisa que pudo encontrar.—Hola, mamá. Pasaba por aquí y quería verte un rato.Se sentaron juntas en el pequeño sofá de la sala. La conversación fluyó con una normalidad que a Annie le resultaba casi irreal. Victoria le preguntó por los antojos, acarició su vientre con devoción y le habló de las pequeñas cosas de su día, de los vecinos, del clima. Para Victoria, era una tarde perfecta. Para Annie, era una tortura camuflada de paz.Mientras su madre hablaba, Annie la observaba con una intensidad dolorosa. Memorizó las líneas de expresión alrededor de sus ojos, la forma en que sus manos frágiles sostenían la taza de té, el tono recon
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