El aire en el Penthouse se había vuelto irrespirable. Annie permanecía sentada en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, todavía temblando por la nota de voz de Scarlett. La amenaza no era solo una cuestión de celos; era un arma cargada apuntando directamente a la cabeza de Ian y, por extensión, a la estabilidad de su hijo.
Scarlett no se detuvo. Al ver que Annie no respondía de inmediato, los mensajes empezaron a llegar en cascada. "¿Sigues ahí, pequeña asistente? Tengo a los medios