La desesperación de Ian no era un fuego que se consumía, era un cáncer que se extendía. Tras tres días de una búsqueda frenética y sin resultados, su última carta era Victoria. Convencido de que ella tenía que saber algo, irrumpió en el humilde apartamento de la mujer sin previo aviso, derribando la calma del lugar con su sola presencia imponente y su mirada desquiciada.
—¿Dónde está ella, Victoria? —rugió Ian, sin siquiera saludar—. Sé que sabes dónde está. ¡Dime dónde se esconde!
Victoria,