El Penthouse estaba impregnado de un inusual aroma a comida casera. Annie se había esmerado en la cocina, moviéndose con una lentitud mecánica mientras preparaba la cena. Llevaba puesto un suéter lila, suave y holgado, que le brindaba una falsa sensación de confort y disimulaba la incipiente curva de su vientre. Cada paso que daba sobre el suelo de mármol estaba fríamente calculado; cada respiración era parte del personaje que había decidido interpretar en su última noche bajo ese techo.
Cuando