Al darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de escuchar, el teléfono se deslizó de las manos de Ian, cayendo estrepitosamente y haciendo un ruido estruendoso al chocar contra el duro suelo del despacho. Nunca, en toda su existencia, había recibido una noticia tan horrible como aquella. Las palabras de Annie lo dejaron en un limbo absoluto, un vacío frío y oscuro que de repente se transformó en un peso físico, enorme e insoportable, que lo estaba aplastando sin piedad.Su pecho se trancó en ese preciso instante. Las crueles palabras repercutían y rebotaban constantemente dentro de su cabeza: su hijo había muerto, ese bebé ya no existía. Sintió como si, de un manotazo, alguien hubiera quitado la bombilla del mundo, sumiéndolo todo en una oscuridad perpetua. Como si el mundo entero, con todo su sentido y su luz, simplemente se apagara.Fue en ese momento cuando sus rodillas, que siempre lo habían sostenido firme ante cualquier junta directiva o adversidad, cedieron por completo. Ian
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