Los días en el hospital fueron una montaña rusa, en medio de chequeos. Así que cuando llegó el momento de recibir el alta médica se sintió como una sentencia. Para Annie, regresar al Penthouse era volver al lugar donde tantas veces se sintió una extraña, una prisionera en un lugar donde no pertenecía. Aunque ahora Ian era un hombre diferente, ella se sentía aturdida, con la mente atrapada en el eco de su propia negativa.El trayecto fue silencioso. Ian conducía con una destreza impecable, sus manos sobre el volante eran firmes, pero su mirada ocasionalmente se desviaba hacia ella con una innegable preocupación y ternura que no demostraba. Annie, por su parte, permanecía en el asiento del copiloto, con la vista fija en los cristales polarizados. Fuera, la ciudad se movía a una velocidad que le resultaba ajena; dentro, el vacío entre ambos era inmenso.Su cabeza era un maremoto. Recordaba la sinceridad en los ojos de Ian, la forma en que él, el hombre que nunca se arrodillaba ante nadie
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