La sesión del día anterior terminó en el umbral.No con un portazo, no con llanto, no con ninguno de los gestos que Damien había aprendido a leer durante años de trabajo clínico. Ariadna se levantó del sillón con una lentitud que parecía deliberada, como si cada movimiento requiriera una negociación interna, recogió su bolso del suelo y dijo, con una voz que no temblaba precisamente porque ya no tenía temperatura: *Necesito irme.* No fue una petición. No fue una declaración de ruptura. Fue algo más parecido a un diagnóstico que ella misma se estaba pronunciando en voz alta, y Damien, que había pasado quince años aprendiendo cuándo intervenir y cuándo el silencio era la única forma de respeto posible, no dijo nada.La dejó irse.Eso fue lo primero que lo desveló esa noche: no haberla detenido.El segundo insomnio llegó antes del amanecer, cuando el apartamento todavía tenía esa penumbra gris que no es noche ni día sino una especie de paréntesis, y Damien se encontró revisando el expedi
Ler mais