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Sebastián tenía la costumbre de responder antes de que la pregunta terminara de existir.

Ariadna lo había notado siempre, pero nunca le había dado nombre. Era una de esas cosas que uno percibe en la periferia de la atención y archiva sin etiqueta, como un sonido que no encaja del todo con el lugar donde se produce. Él respondía rápido. Con una fluidez que en otro tiempo ella había confundido con inteligencia, con presencia, con la sensación de ser escuchada de verdad. Solo ahora, parada frente
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