La sesión del día anterior terminó en el umbral.
No con un portazo, no con llanto, no con ninguno de los gestos que Damien había aprendido a leer durante años de trabajo clínico. Ariadna se levantó del sillón con una lentitud que parecía deliberada, como si cada movimiento requiriera una negociación interna, recogió su bolso del suelo y dijo, con una voz que no temblaba precisamente porque ya no tenía temperatura: *Necesito irme.* No fue una petición. No fue una declaración de ruptura. Fue algo