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La primera señal fue el olor.

No llegó como llegan los recuerdos ordinarios, con esa suavidad de algo que uno encuentra sin buscar. Llegó como llega el aire cuando se abre una puerta que llevaba años cerrada: de golpe, con toda la presión acumulada del otro lado. Ariadna estaba sentada en el borde de la cama cuando sucedió, con los pies descalzos sobre el suelo frío y la ventana entreabierta dejando pasar el sonido distante de la lluvia, y de pronto el olor la atravesó. Desinfectante. Plástico
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