El beso fue un choque. Para Emi, fue como si el mundo se detuviera; el asombro la paralizó. No fue un beso tierno, sino un reclamo, una marca de propiedad y una promesa tácita de que, después de mañana, nada volvería a ser igual. Emi no respondió, pero tampoco se apartó; se quedó allí, atrapada en el asombro, mientras el peso de su nueva realidad —la batalla inminente y la esperanza de recuperar su vista— colapsaba sobre ella.Cuando Dimitri finalmente se alejó un par de centímetros, manteniéndola todavía bajo el efecto de su presencia, Emi recuperó el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas.—Mañana —dijo ella, con la voz apenas un susurro, intentando recuperar el control que ese beso le había arrebatado—. Mañana la ciencia tendrá la última palabra, Dimitri. Pero no olvides el trato. Solo deseo que caiga Scutaro.Dimitri sonrió, una sonrisa que prometía caos y redención a partes iguales.No se mostró intimidado; al contrario, regresó a su asiento con total control y
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