Mientras la paz reinaba en la colina de la hacienda, a kilómetros de allí, el edificio corporativo de los Vega en la ciudad era una olla de presión a punto de estallar. El aire en la sala de juntas estaba cargado de tensión; el humo de los puros de los accionistas flotaba bajo las lámparas y el murmullo de voces cesó de golpe cuando la imponente puerta de madera se abrió.
Gabriel Scutaro entró a la sala con el rostro demacrado por la falta de sueño tras su noche desesperada en el convento, pero