La dirección que Emi le había proporcionado a Dimitri Volkov pertenecía a una antigua hostería colonial abandonada, un punto neutral y discreto ubicado en las afueras de la vía rural, a pocos minutos del convento. Era el lugar perfecto: alejado de los ojos de Scutaro y de las cámaras de la ciudad.
El imponente vehículo blindado del ruso se detuvo levantando una pequeña nube de polvo. Dimitri bajó del auto acomodándose el saco de su traje impecable. Sus guardaespaldas se desplegaron rápidamente,