El ruso se llevaba al niño a pasear por los jardines, le enseñaba historias y jugaba con él cerca del lago, ganándose por completo la admiración y el cariño del hijo de Emi. Para el pequeño, Dimitri se había convertido en su tío favorito, un roble en quien confiar.
Emi cumplió cada indicación médica de manera estricta. Permaneció en una habitación en penumbra, con los ojos cubiertos por un vendaje blanco y espeso. El aislamiento físico no hizo más que agudizar su mente; la expectativa de lo que