El beso fue un choque. Para Emi, fue como si el mundo se detuviera; el asombro la paralizó. No fue un beso tierno, sino un reclamo, una marca de propiedad y una promesa tácita de que, después de mañana, nada volvería a ser igual. Emi no respondió, pero tampoco se apartó; se quedó allí, atrapada en el asombro, mientras el peso de su nueva realidad —la batalla inminente y la esperanza de recuperar su vista— colapsaba sobre ella.
Cuando Dimitri finalmente se alejó un par de centímetros, manteniénd