En la ciudad, el ambiente en la oficina principal era de una derrota silenciosa para el viejo tirano. Gabriel, con una mandíbula rígida y la mirada de acero, se movía por la sala de juntas como un ajedrecista que acababa de cantar jaque. Scutaro, hundido en su sillón de cuero, veía cómo su poder se filtraba entre sus dedos; No le quedaba más remedio que ceder y conformarse con las migajas que Gabriel le permitía retener. El viejo bufaba, pero el peso de los documentos y la presión de los accion