Nicanor estrujó el fieltro de su sombrero contra el pecho. Dio un paso hacia atrás, con la cabeza baja. La sumisión en su postura era absoluta; parecía haber encogido varios centímetros bajo el peso de la culpa.
—Señorita Emi, por la memoria del señor Ramiro, se lo juro... —balbuceó Nicanor con la voz temblorosa, intentando justificarse—. Yo solo quería protegerla. El patrón Gabriel estaba desesperado, y el viejo Scutaro es un monstruo capaz de todo. Pensé que si el joven Gabriel sabía que uste