Dentro de la camioneta, el ambiente era un caos de adrenalina y terror. Leonor, todavía aturdida por el golpe en la cabeza y presa de un ataque de pánico, gritaba con desesperación, sus lamentos se mezclaban con el rugido del motor. Emi, aunque conservaba una valentía sobrenatural, gritaba también, impulsada por la impotencia de su ceguera y por el estado de shock de su tía, a quien trataba de sostener con manos temblorosas.Nicanor, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, no apartaba la vista de la huella que dejaba a su paso. Mientras sus manos maniobraban con la maestría de toda una vida, su boca se movía en un susurro incesante, encomendando la vida de las tres personas que viajaban en ese metal ardiente a todos los santos, vírgenes y fuerzas protectoras que conoció desde niño en la sabana.La camioneta dio un salto violento al entrar en el lecho del río. El agua salpicó el parabrisas con fuerza, pero Nicanor mantuvo el equilibrio, acelerando justo cuando el barro in
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