Emi regresó al convento con un gran alivio en el alma. La adrenalina de haber domado al ruso todavía le corría por las venas. En el comedor, la tía Leonor y las monjas le prepararon una cena ligera: un caldo caliente y un plato con trozos de papaya y melón para asentar el estómago.
Con un apetito que no había tenido en días, Emi se lo comió todo con gusto, saboreando cada bocado mientras Nicanor la miraba aliviado desde la esquina. Sin embargo, el cuerpo no tardó en recordarle su nueva realidad