Kateryn tragó saliva, sintiendo el peso de la mano de él sobre la puerta. Sabía que si flaqueaba ahora, todo lo que había construido para proteger a Leo se vendría abajo. Enderezó la espalda y, con una frialdad que le dolió en el pecho, sostuvo la mirada de Sebastián. —Te equivocas, Sebastián —dijo ella con voz firme, aunque por dentro se estuviera desmoronando—. Lo que viste ayer no fue angustia por ti. Sebastián frunció el ceño, su mano temblando apenas un milímetro sobre la madera. —¿De qué hablas? —Fue miedo, sí. Pero no por perderte a ti —Kateryn soltó una risa amarga—. Mi pánico fue por el temor de no volver a su lado. Sebastián retrocedió un paso, como si ella le hubiera dado un golpe físico en el pecho. La soltó. Su rostro, que segundos antes buscaba una chispa de amor, se transformó en una máscara de desprecio hacia sí mismo. —Qué ingenuo —susurró él, y su voz sonó rota, desprovista de toda esa arrogancia que lo caracterizaba—. Por un segundo, creí que bajo todo ese
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