El salón principal del Savoy resplandecía bajo la luz de mil cristales, pero para Sebastián, todo se volvió borroso en el momento en que ella cruzó el umbral. Kateryn entró luciendo el vestido azul medianoche, y el aire pareció abandonar los pulmones de Sebastián. La seda se ceñía a su cuerpo como una caricia líquida, y el color realzaba la palidez de sus hombros y la chispa gélida de sus ojos. Sebastián, que sostenía una copa de champán junto a Valeria, se quedó estático. Por un segundo, olvidó dónde estaba; olvidó su empresa, el premio y su compromiso. Solo pudo pensar en las tantas formas de cómo sería arrancarle ese vestido, pero la realidad era mil veces más devastadora.Sebastián la seguía con la vista como un radar, sintiendo un impulso irracional de caminar hacia ella y cubrirla con su chaqueta, solo para que nadie más pudiera admirar lo que él sentía que le pertenecía. —Está increíble, ¿verdad? —susurró Valeria, notando su distracción. Él no pudo articular palabra, so
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