La intimidad de su farsa.
Kateryn tragó saliva, sintiendo el peso de la mano de él sobre la puerta. Sabía que si flaqueaba ahora, todo lo que había construido para proteger a Leo se vendría abajo. Enderezó la espalda y, con una frialdad que le dolió en el pecho, sostuvo la mirada de Sebastián.
—Te equivocas, Sebastián —dijo ella con voz firme, aunque por dentro se estuviera desmoronando—. Lo que viste ayer no fue angustia por ti.
Sebastián frunció el ceño, su mano temblando apenas un milímetro sobre la madera. —¿De