Ojos de ingeniero.
El aire frío de la terraza no fue suficiente para apagar el incendio en la sangre de Sebastián. Estaba apoyado en la barandilla, con la mandíbula tensa, cuando el suave perfume de Valeria inundó su espacio.
—¿Qué te ocurre, Seb? —preguntó ella, acercándose con lentitud. Su voz era suave, pero sus ojos buscaban algo que él ocultaba tras una máscara de granito.
—Nada. Solo... Es la presión de la Triple Corona —mintió él sin mirarla—. Estamos a mitad de camino y no puedo permitirme errores. El