—Recuerda tu entrenamiento, mil doscientos treinta y tres —gruñó Markos, sin apartar sus ojos de mí.El Bersaker levantó la cabeza a medias, jadeando como una bestia enloquecida. Luego soltó un rugido ronco y se arrojó hacia mí. Sus movimientos eran bruscos, descoordinados, torpes… tanto que solté un bufido de incredulidad.Yo no era una Protectora (una guerrera de mi raza), no tenía ese nivel de disciplina en la batalla. Mi entrenamiento había sido limitado, apenas lo justo para defender a los cachorros en la manada. Y aun así, hasta yo podía esquivar esos golpes descontrolados.Rodé hacia un lado, lo vi caer contra el suelo con un estrépito y aproveché la apertura. Mi instinto rugió más fuerte que la lógica. Si me atacaban, yo contraatacaba.Mis garras encontraron carne con facilidad, y en cuestión de segundos el Bersaker estaba tendido bajo mí, jadeando, sangrando, a merced de un golpe final.Levanté la mano para rematarlo.—¡Basta! —la voz de Markos me atravesó como un látigo.Me
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