Mundo de ficçãoIniciar sessãoMe quedé callada, tragándome todo lo que quería decir. No sabía lo suficiente de este lugar como para abrir la boca.
No arriesgaría el futuro de mi cachorra solo por dar mi opinión.
Después de comer, los lobos volvieron a separarnos en grupos. Esta vez se trataba de limpiar el comedor y la cocina. Pero “limpiar” no era levantar platos ni mesas… era arrastrar cadáveres de las que nadie se había molestado en recoger y limpiar la sangre.
Por suerte, mi grupo no fue elegido, y nos permitieron volver a la habitación.
Allí estaba mi hija, dormida en la cuna con una sonrisa en la cara. Por esa sonrisa supe que había comido. La tomé en brazos y me recosté con ella en el catre, dejándome vencer poco a poco por el cansancio.
El sueño apenas me rozaba cuando la puerta se abrió de golpe.
Un lobo se asomó, los ojos brillando en la penumbra. No necesitó decir nada más: me señaló con un dedo y gruñó.
—El Alfa Markos te convoca.
Besé la frente de mi cachorra y la dejé otra vez en su cuna.
Salí al pasillo y seguí al lobo.
Me empujaron hasta su oficina y la puerta se cerró tras de mí con un chasquido metálico que sonó demasiado definitivo.
Allí estaba él, otra vez detrás de su escritorio como si no tuviera nada mejor que hacer que observar papeles y fingir que yo no existía. Apenas levantó la vista para asegurarse de quién era y luego volvió a lo suyo, como si yo no valiera más que una nota al margen.
—Tendrás un horario —dijo con esa voz rasposa, sin molestarse en adornar sus palabras—. Lucharás una vez a la semana. No solo en las lunas llenas. Además… sustituirás al oso en las clases de entrenamiento.
Un gruñido bajo se escapó de mi garganta.
—No tengo problema en seguir matando lobos —le espeté— siempre y cuando no toquen a mi hija.
Su risa fue seca, cortante. Levantó la mirada y por primera vez se permitió mirarme de verdad, como si mis palabras hubieran despertado algo de interés.
—No te hagas ilusiones, osa —replicó—. Solo matarás lobos una vez por semana. Lo demás será “trabajo práctico” para los nuestros. Sustituir a tu compañero de raza no significa que puedas lastimar a nadie.
Me sostuvo la mirada con frialdad, disfrutando de la burla silenciosa que ocultaban sus palabras.
Entrecerré los ojos, sin molestarte en ocultar el odio que hervía bajo mi piel. Él apenas me sostuvo la mirada un segundo antes de decidir que ya había perdido suficiente tiempo conmigo.
Se inclinó sobre sus papeles otra vez, garabateando algo sin interés.
—Llévatela —ordenó con desgano.
La puerta se abrió y uno de sus perros obedientes me hizo una seña para que lo siguiera. Apenas crucé el umbral, la voz de Markos me alcanzó por la espalda:
—Te llamaré pronto.
No me digné a responder. Mi silencio era todo lo que le daría.
El pasillo me tragó otra vez, húmedo y sombrío, hasta que las rejas se cerraron detrás de mí. Cuando regresé a mi habitación, me detuve en seco.
Selene estaba allí, sentada en mi catre, con el pecho descubierto. Mi cachorra mamaba tranquila, aferrada a ella con sus diminutas manos.
Por un segundo, mi instinto me rugió que arrancara a la niña de sus brazos… pero la calma en el rostro de mi pequeña me frenó.
Me quedé en la puerta, observando, con un nudo extraño en el pecho que no sabía si era gratitud o celos.
Al no ser la madre biológica de mi cachorra (o de ningún cachorro, ya que estamos), por supuesto que no podía producir alimento aunque quisiera.
Selene levantó la vista apenas crucé la puerta. Su voz fue un murmullo suave, como si temiera perturbar la calma de mi hija.
—Tenía hambre.
Me acerqué despacio, cada músculo en tensión, y esperé junto a ellas hasta que mi cachorra terminó de comer. Con un suspiro diminuto, soltó el pecho de Selene y se quedó dormida, tranquila como no la había visto en días.
—Gracias —susurré, apenas un hilo de voz, mientras observaba a la hembra regresar a su catre y cubrirse con las sábanas.
El silencio llenó la habitación, interrumpido solo por sus respiraciones acompasadas. O eso pensé, hasta que escuché los suaves lamentos que escapaban de Selene bajo las mantas. No pregunté nada. No era asunto mío… y quizá tampoco estaba lista para conocer más tristezas ajenas cuando cargaba con las mías.
Sin embargo, un pensamiento se quedó conmigo toda la noche: Para ser capaz de producir leche, ella debió haber sido madre recientemente.
A la mañana siguiente, la rutina volvió a repetirse: gritos, puertas abriéndose, el sonido metálico de cadenas arrastrándose en los pasillos. Nos alinearon como ganado y nos llevaron hasta el lobo que repartía las tareas del día.
Esa vez, me asignaron la cocina para preparar la comida.
Si es que a aquel brebaje de plantas desconocidas y carne de procedencia dudosa se le podía llamar comida. El hedor era tan penetrante que se me quedó impregnado en la nariz, pero trabajé rápido, cortando, removiendo, sirviendo. Nadie prestaba demasiada atención a lo que hacía, y me aseguré de aprovecharlo. Cuando nadie miraba, guardé un trozo de carne en mi ropa. Un pequeño botín.
Al terminar el turno, nos dejaron comer y después nos enviaron de vuelta a nuestras habitaciones.
Cerré la puerta tras de mí y, sin pensarlo demasiado, saqué la carne oculta y la tendí hacia Selene.
Ella me miró en silencio durante un segundo que se me hizo largo… y luego lo aceptó sin una sola palabra. Comió despacio, con la misma calma con la que siempre parecía cargar, y yo me limité a observarla.
No había gracias. No había preguntas. Solo un entendimiento silencioso que, en ese lugar, valía más que cualquier promesa.







