Cuando el curandero terminó de coser mis heridas, los machos salieron de la habitación y quedó solo el silencio, interrumpido por el sonido de las cadenas al volver a su sitio.Enseguida fui hacia mi hija, que descansaba en los brazos de Selene.—Mierda… te ves muy mal, osa. ¿Necesitas ayuda? —murmuró.No preguntó por qué estaba tan herida ni por qué estaba a punto de desmayarme, y eso me gustó.Negué con la cabeza. Lo único que necesitaba era a mi bebé.La tomé en brazos y, aunque me pesó un mundo, encontré consuelo en su olor, en el calorcito de su cuerpo contra el mío.Cuando por fin me tranquilicé lo suficiente, suspiré y acepté lo que había evitado admitir durante todo mi tiempo aquí: si quería salir, necesitaba ayuda.—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuré en dirección a Selene.Ella parpadeó, visiblemente sorprendida. No era para menos: después de todo, yo no era precisamente habladora… y nunca era quien iniciaba una conversación.Le conté todo lo que había pasado esa noche, si
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