Capítulo 10.

—Recuerda tu entrenamiento, mil doscientos treinta y tres —gruñó Markos, sin apartar sus ojos de mí.

El Bersaker levantó la cabeza a medias, jadeando como una bestia enloquecida. Luego soltó un rugido ronco y se arrojó hacia mí. Sus movimientos eran bruscos, descoordinados, torpes… tanto que solté un bufido de incredulidad.

Yo no era una Protectora (una guerrera de mi raza), no tenía ese nivel de disciplina en la batalla. Mi entrenamiento había sido limitado, apenas lo justo para defender a los cachorros en la manada. Y aun así, hasta yo podía esquivar esos golpes descontrolados.

Rodé hacia un lado, lo vi caer contra el suelo con un estrépito y aproveché la apertura. Mi instinto rugió más fuerte que la lógica. Si me atacaban, yo contraatacaba.

Mis garras encontraron carne con facilidad, y en cuestión de segundos el Bersaker estaba tendido bajo mí, jadeando, sangrando, a merced de un golpe final.

Levanté la mano para rematarlo.

—¡Basta! —la voz de Markos me atravesó como un látigo.

Me detuve a centímetros de su cuello, con las garras aún listas para hundirse. Miré hacia él. Mi pecho subía y bajaba con violencia mientras lo miraba a los ojos, desafiándolo en silencio.

Él, sin embargo, sonrió satisfecho, como si mi obediencia le complaciera aún más que la posibilidad de un cadáver.

No me gustó ni un poco que creyera que tenía poder sobre mí. Así que clavé mis garras en su cuello, solo lo suficiente para que la cosa sangrara.

—No —dijo Markos con la calma de quien dicta una sentencia—. Ese mil doscientos treinta y tres es un recurso. No puedes matarlo aquí.

Me quedé un segundo atenta.

—¿Por qué? —escupí.

—La fórmula para transformarse es costosa y muy pocos sobreviven a ella —contestó, clavando sus ojos en el—. Los necesitamos vivos hasta que pasen por la arena. El propósito de la lucha no es solo espectáculo, sino buscar el mejor comprador para usar lo que se ofrece.

Me tomó solo unos segundos entender que esas atrocidades con pelo eran solo mercancía. Me pregunté brevemente si tenían la inteligencia suficiente como para entender lo que estaban haciendo aquí.

—Quiero que entiendas la diferencia, osa — dijo Markos arqueando una ceja—. En el Coliseo los humanos morbosos pagan, y la muerte debe tener un agradable y sangriento espectáculo. Ahí, si un simple oso los derrota delante del público, merece la muerte. Ahí pueden morir. Aquí, no.

Miré al Bersaker que respiraba a mis pies, un montón de músculo tambaleándose entre vida y derrota. Estaba a centímetros de acabarlo y la idea de contenerme... No me gustaba.

—¿Así que debo contenerme mientras ellos practican conmigo y luego matarlos solo si la multitud lo exige? —pregunté, la incredulidad cortando cada palabra.

Markos asintió, frío como siempre.

—Exacto. Si lo rematas aquí, desperdicias un producto. Si se enfrentan en el Coliseo y lo derrotas allí, lo hiciste digno: el público lo disfruta y la muerte tiene sentido. Y tú, osa, tendrás un día más de vida… y ellos, su espectáculo.

Caminó con lentitud hacia mí y se detuvo en frente, a solo centímetros de cruzar la línea imaginaria que divide mi espacio personal con el resto del mundo.

Se inclinó un poco, como quien comparte un secreto que a la vez es una amenaza.

—No es personal. Es negocio.

Me mantuve inmóvil, la sangre aún caliente en mis manos —prueba de lo cerca que había estado—, y por un momento todo lo que pude sentir fue un desprecio helado... y algo más que no supe identificar.

Markos dio un paso atrás, satisfecho de haberme “educado”. Alzó la voz y chasqueó los dedos.

—Siguiente —ordenó.

Un guardia arrastró a otro Bersaker tambaleante hacia el centro mientras otro sacaba al perdedor que aún estaba a un costado de mis pies. Yo guardé el impulso de rematarlo y, con el puño apretado, me preparé para otra ronda. Había aprendido la regla, aunque me costara cada latido del pecho: aquí no se mataba por gusto, se mataba por espectáculo.

Y si alguna vez quería recuperar algo parecido a la libertad —o la de mi hija— tendría que jugar según esas reglas.

Pasé la mayor parte del día conteniendo mis garras. Los Bersakers recién transformados eran fáciles de derribar, pero no me dejaban en paz. Uno tras otro se lanzaban como bestias rabiosas, sin control ni técnica, obligándome a esquivar, sujetar y golpear con la fuerza justa para que no se levantaran de nuevo… sin matarlos. Y cada vez que mis colmillos rozaban la garganta de uno, recordaba la advertencia de Markos: Solo dentro del Coliseo pueden morir.

Cuando por fin me dejaron regresar, mis músculos ardían de cansancio. Esperaba que algún guardia cualquiera me escoltara de vuelta al comedor, pero no: fue Markos en persona quien me abrió camino. Caminaba a mi lado como si fuéramos iguales, aunque yo sospechaba que lo hacía para irritarme.

Apreté la mandíbula y decidí callar. No le iba a dar el gusto de ver que me molestaba.

Incluso me siguió hasta la fila para tomar mi comida.

El silencio se alargó hasta que, como quien lanza una piedra para romper la calma, habló:

—Entonces… tu hija es una loba, pero tú no lo eres.

Mis pasos se detuvieron apenas un instante. Mis uñas rasparon la charola metálica que llevaba entre manos.

—¿Y eso qué? —gruñí, sin girar del todo hacia él.

Markos ladeó la cabeza, con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

—Es raro. Una loba y una osa… contradicción interesante. ¿Qué es el padre?

Bufé.

—No es asunto tuyo.

Él soltó una carcajada baja, casi divertida.

—Todo lo que pueda atarte, osa, me interesa.

Lo odié un poco más en ese instante.

Seguimos avanzando hasta el comedor abarrotado, donde las hembras se alineaban para recibir sus comidas. Antes de perderse entre el bullicio, Markos me rozó con la mirada y dejó caer sus últimas palabras como hierro candente:

—Obedece y ella estará a salvo. Olvida tu lugar… y veremos cuánto te importa una cachorra que no es tuya.

Me dejó allí, con el corazón palpitando de rabia contenida y el único pensamiento claro de que si le ponía una garra encima, no podría volver a ver a la pequeña que me esperaba esa noche.

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